sábado, 12 de noviembre de 2011

LA CLARIVIDENCIA Y EL TERCER OJO

EL TERCER OJO

El tercer ojo no es una glándula endócrina, aunque está relacionado con las glándulas Pineal y Pituitaria. Se trata en realidad de un organo que surge con el desarrollo espiritual de la personalidad integrada, y se deriva de la superposición e interrelación de los tres chakras superiores.

El tercer ojo, llamado también ojo de la visión etérea simbolizado en el cuerpo del unicornio (su cuerpo representa el cuerpo astral), es a veces activado por el delirium tremens de los alcohólicos, permitiéndoles ver los seres del bajo astral, y también se suele activar en niños menores de 7 años que a veces hablan de duendes y hadas.
Para que el tercer ojo funcione y produzca la clarividencia, los tres chakras superiores deben estar energetizados con una energía espiritual de naturaleza triple, que fluye al aura desde el alma humana; y estas energías vienen de tres planos espirituales denominados Atma, Buddhi y Manas, y energetizan las glándulas Pineal, Pituitaria y Tiroide.

LA APERTURA DEL TERCER OJO

Abrir el tercer ojo es algo complicado, pues los componentes del tercer ojo son los mismos materiales con los cuales debemos buscarlo.
Este vórtice de energía positiva produce tanto la entrada como la salida de energía, y para poder activarlo es necesario realizar simultáneamente cinco procesos:

un cambio en la personalidad
contruir el Antakarana
dirigir todas las energías hacia los tres chakras superiores
reconstruir el aura
encauzarse cada vez más en el desarrollo espiritual, a medida que se desarrolla el tercer ojo

La personalidad se compone de los tres vehículos que la integran y que son: el cuerpo mental, el cuerpo astral y el cuerpo físico; mientras que el alma se compone del cuerpo átmico, el cuerpo manásico y el cuerpo búdico.

El secreto del tercer ojo consiste en saber atraer hacia el aura elementos tomados de Atma, Buddhi y Manas para formar el Antakarana que lo comunicará con Atma, Buddhi y Manas, ya que de ésta sustancia estan compuestos tanto el Antakarana como el tercer ojo. Esto se logra a través de la meditación, y el servicio a la humanidad.

Cuando se activa el chakra del corazón este proyecta su energía hacia el entrecejo que es donde se encuentra el tercer ojo, y para desarrollar el chakra del corazón se puede meditar sobre las enseñanzas de Cristo, Buda, Krishna, Sai Baba o quien sea su Maestro y Ser Superior.

Para aumentar y mantener esta corriente de energía, se debe aprender a practicar las cualidades del alma, ya que cada vez que manifestamos Atma, Buddhi o Manas en nuestra vida cotidiana, se integra material de dichos planos en nuestra envoltura etérea.

Todo ojo necesita una lente para poder definir las imágenes, el tercer ojo también, por lo cual en el aura de adelante de la frente, se debe formar su lente, y por esto sabemos que el empleo de bolas de cristal proporciona un punto focal para la acumulación de materiales en el aura, lo cual favorece la visión psíquica.

LA CLARIVIDENCIA

Es muy difícil tratar el fenómeno de la clarividencia sin hacer referencia al plano astral, porque a dicho plano pertenece.

Como también es muy difícil explicar el plano astral prescindiendo de la idea de la 
reencarnación.

Se puede decir que el plano astral comprende todos los planos superiores al físico e inferiores al espiritual. Donde un plano es más bien un estado de consciencia que un sitio o lugar, por lo que diferentes estados de consciencia pueden residir en el mismo lugar.

En el plano astral es donde funcionan los cuerpos astrales encarnados de quienes han desarrollado el arte del Viaje Astral: http://www.drbonomi.com/temas/tema17.php

Tal como sucede en la tierra, todos los planos astrales poseen protectores espirituales procedentes de los planos superiores, que son almas devotas que prefieren pasar su tiempo ayudando a los demás en vez de gozar de su merecido descanso.

Luego de la muerte física, cada alma despierta en el plano correspondiente a la índole de sus más nobles anhelos, rodeada de almas semejantes, y desde aqui puede desarrollarse dando pasos adelante de su última encarnación. Aunque igual que sucede en la tierra, muchos sucumben a los goces groseros de los planos astrales inferiores, en cuyo caso su alma no se beneficia de la estadía en el plano astral, y renace en el mismo estado del cual partió.

Los planos astrales inferiores, están llenos de almas groseras incultas y bestiales, que viven casi como en la tierra, hasta que llegan a anhelar algo superior que lograrán en un nuevo renacer.

Estas almas son las que están más cerca del plano físico, y pugnan por estar tan cerca como les sea posible, llegando a aglomerarse cerca de los lugares que frecuentaban en su grosera vida, apoderándose a menudo del pensamiento de gente de su baja laya, a la cual le infunden sus deseos para gozar con ellos.

Salvo las almas muy superiores que comprenden conscientemente todo esto, las demás están más o menos conscientes de los planos inferiores, pero en total ignorancia de los planos superiores y del significado de su existencia, llegando a creer tal como sucede en la tierra, que la suya es la verdadera realidad.

Al ser la clarividencia una facultad que se desarrolla, puede presentarse en diferentes indivíduos con diferente grado de poder, y podemos decir que en un clarividente se distinguen tres clases de clarividencia:
La clarividencia simple
La clarividencia en el espacio
La clarividencia en el tiempo

LA CLARIVIDENCIA SIMPLE

Es aquella en la cual el clarividente percibe el aura de las otras personas, o la facultad de percibir impresiones astrales desde un punto cercano.

Aquí el vidente percibe solo las vibraciones mentales y emocionales de otras personas, pero no ve sucesos de ningún tipo, pudiendo llegar a percibir el aura de vegetales y animales, sus deseos y emociones.

Quien posee la clarividencia simple puede ver literalmente a traves de las personas y las paredes, puede leer las cartas cerradas, puede descubrir minerales en la tierra, y percibir el aura de quienes se ponen en contacto astral con él, pudiendo descubrir en el doble etéreo la índole y localización de sus enfermedades, en el cuerpo astral los sentimientos y deseos, y en el cuerpo mental los pensamientos del indivíduo.

LA CLARIVIDENCIA EN EL ESPACIO

Consiste en la visión de cosas lejanas, situadas fuera del campo de visión ordinaria.

Una forma extraña de clarividencia en el espacio es aquella en la cual una persona se hace presente a otra depertando sus sentidos astrales, para que la pueda ver en forma espectral como si estuviera presente.

Los clarividentes expertos siempre asumen un estado meditativo con frecuencias cerebrales profundas, para que sus sentidos astrales funcionen más eficientemente, ya que cuando las facultades físicas se encuentra estimuladas, las otras facultades no pueden manifestarse.

LA CLARIVIDENCIA EN EL TIEMPO

Se divide a su vez en dos:

La clarividencia del pasado

La clarividencia del futuro

LA CLARIVIDENCIA DEL PASADO

También se la conoce como retrocognición, y es una facultad frecuente en los ocultistas adelantados, y compartida también por muchos psíquicos ordinarios que no se dan cuenta cabal de su poder.

Por supuesto que no es posible percibir ni siquiera clarividentemente algo que ha dejado de existir, pero lo cierto es que nada de lo que sucede deja de existir por completo sino que pasa a otro estado de la existencia.

La clarividencia del pasado es posible porque nada perece, y en los planos superiores de la materia quedan imperecederamente registradas todas las escenas y pensamientos que han ocurrido. Estos registros akáshicos no se encuentran en el plano astral, sino en el plano causal.

Los registros akáshicos son el equivalente de lo que los cristianos conocen como El Libro de la Vida, en el cual se encuentran indeleblemente grabados todos los sucesos correspondientes al presente ciclo de evolución humana.

LA CLARIVIDENCIA DEL FUTURO o PRECOGNICION

A esta clase pertenecen todos los casos de profecía. La historia sagrada está llena de estos ejemplos, que no tienen nada de sobrenatural.

En algunos casos de supuesta clarividencia del futuro, lo que realmente sucede es que el subconsciente infiere que tales o cuales sucesos han de suceder, si no surgen circunstancias imprevistas. (Es de destacar que un clarividente tiene más fácil acceso al subconsciente que las personas comunes).

Los presentimientos o corazonadas, son pues formas rudimentarias de clarividencia del futuro.

Debe tenerse en cuenta que cada suceso a acontecer en el futuro, es consecuencia de otros que se produjeron en el pasado, por lo cual han de suceder, salvo que interfieran nuevos sucesos que determinen nuevos resultados.

Cuando se es capaz de transportar la consciencia a planos superiores, desde alli resulta mucho más sencillo ver las consecuencias de las acciones del presente, hasta el punto de podeR ver el efecto que una palabra pronunciada al azar tendrá no solo en la persona hacia la cual va dirigida, sino también sobre otras personas por medio de las vibraciones, hasta influir en la comunidad toda.

Para poder considerar que existen formas superiores de clarividencia, debemos partir de aceptar que la idea del tiempo es solo una forma de convención social, y que los sucesos están siempre presentes, siendo nosotros los que llegamos hasta ellos, y no ellos los que llegan hasta nosotros. De la misma forma en que el paisaje está siempre en el mismo lugar, mientras al viajero del tren le parece que se mueven.

La clarividencia del futuro puede manifestarse por estados de meditación, psicometría o hialoscopía, y se desarrolla con la práctica, cuando prima la intención de convertirnos en un elemento beneficioso para el mundo.

martes, 1 de noviembre de 2011

La caza de brujas


La superstición bajo las formas de la hechicería y la magia ha sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad desde la ignorancia a la ilustración. Durante la era cristiana, tanto la Iglesia como el Estado se unieron para erradicar la creencia en las brujas y el mal que de ellas podía derivarse.

La Iglesia ha sostenido que Dios es el Dueño y el Señor absoluto del universo y Su dominio es total. Satanás es una realidad, por supuesto. Pero Jesús sojuzgó al «hombre fuerte», de tal modo que Satanás carece de poder sobre el hombre o la bestia, salvo cuando puede tentar a los humanos a hacer el mal, o contaminar sus mentes con la oscuridad y la superchería.

Esta sabia consideración cesó durante largo tiempo. No existía nada en los ritos de la Iglesia contra las brujas. Los cánones eclesiásticos exponían que los creyentes debían ser instruidos acerca de las falsedades y apartarse de toda insensatez nigromántica. De los que la practicaban, algunos eran malignos, otros perturbados, todos engañados. Se sostenía que era una superstición anticristiana creer que las brujas estaban en posesión de poderes sobrehumanos que empleaban para perjudicar a los hombres. Los canonistas se apoyaban en el antiguo Concilio de Ancira, del año 314, para sostener sus argumentos. Ancira, creyeron, enseñó que la brujería era simplemente una ilusión diabólica sin base alguna de realidad.

Todo el conjunto de canonistas primitivos, Regino, Ivo y Burchard, siguieron esta línea. Y también lo hizo el más influyente de todos ellos, Graciano, en sus Decretales, sección 364. Dichas brujas son dementes y, diría, «creen y llevan a cabo, en la oscuridad de la noche, cabalgatas sobre determinados animales con la pagana diosa Diana y una innumerable horda de mujeres, y en estas horas silentes recorren volando grandes distancias del país y todos las obedecen como sus dueñas».

Las personas corrientes no solían ser tan sofisticadas. Entonces, como ahora, se sentía fascinadas por todo lo que hiciese referencia a hechicerías, astrologías y horóscopos. Compraban filtros de amor y amuletos en los mercados, anillos mágicos y espejos encantados. La cristiandad nunca erradicó por completo los rituales del antiguo paganismo. De ahí que los creyentes se sintiesen atemorizados por los cometas y las señales nocturnas en los cielos, retribuyeran a personas estrambóticas para que les encontrasen agua u ocultos tesoros guiados por una ramita de avellano. Más que nada, les atemorizaban las brujas.

Éstas, viejas decrépitas casi siempre, a veces bendecían al pueblo, la mayoría lo maldecían, creando desolación. Si cuando pedían limosna eran rechazadas, sus maldiciones causaban daños inimaginables a los humanos, animales y tierras. Les achacaban la pérdida de una vaca, la muerte de una criatura o una plaga de orugas. Estas brujas no eran los edulcorados emblemas de un moderno Hallowe'en, Vísperas de Todos los Santos, aunque incluso niños con horribles máscaras y negros gorros puntiagudos, palos de escoba y gatos de cartón-piedra todavía pudieran causar un involuntario temblor en una noche oscura. Las verdaderas brujas de los años del oscurantismo, sucias y despeinadas, constituían motivo de terror infinito, incluso para el clero que las consideraba como rivales con respecto a las almas de su feligresía.

Por todo ello, la ortodoxia escarneció durante siglos la idea de que las brujas «tuvieran poder para cambiar los humanos en bien o en mal, incluso de variar su forma».

Entonces llegó el gran cambio.

La intervención de la Inquisición

Gregorio IX, que fundó la Inquisición en 1231, fue el principal responsable. No tardaría en recibir informes secretos de sus inquisidores en el sentido de que las brujas se estaban multiplicando de una manera alarmante. Si anteriormente había existido la hechicera ocasional de una villa, pueblo o caserío, ahora una nueva y terrible maldición se había instaurado entre los hombres. Si su información era correcta —y él nunca lo dudaba—, la Iglesia no solamente estaba luchando por su existencia, estaba luchando por la supervivencia del mundo.

Una vez interrogadas, un gran número de mujeres confesó su condición de bruja y de entregarse a las más odiosas prácticas; éste era el tipo de rumor que llegaba a oídos del papa. Una de sus fuentes de información era el sádico cura Conrad, originario de la pequeña población alemana de Marburgo. Asceta, luego de haber atestiguado la muerte en la hoguera de un cisterciense condenado por herejía, concibió la idea de que la salvación no podía alcanzarse solamente a través de la pena. Su más famosa conversa fue Elizabeth, viuda del margrave de Turingia. Tenía dieciocho años, con tres niños a su cuidado, cuando Conrad la convenció de que abandonara a sus hijos para trabajar entre los leprosos y los desamparados. Para que fuese más espiritual, le ordenó que se desnudara y la azotó hasta que la sangre corrió por el suelo. Diría a su confesor: «Si me atemoriza un hombre como éste, ¿cómo será Dios?».

Personalmente, el papa Gregorio eligió a Conrad para que investigase un grupo de herejes llamados luciferianos. Mediante tortura, les forzó a confesar tales horrores que dejó preocupada a toda Alemania. Los desvaríos de los atormentados dementes fueron aceptados por Conrad como una verdad evangélica y así lo retransmitió al pontífice. Gregorio tomó la determinación de que estos monstruos debían ser borrados de la faz de la tierra, sin distinción de edad y sexo. Deben haber hecho un pacto con Lucifer, el Príncipe de las Tinieblas, decidió. Estaban contaminando la Tierra.

Conrad trabajó con tesón para eliminar cuantos herejes pudo. En Estrasburgo, quemó ochenta hombres, mujeres y niños. Nadie fue dispensado, ni los obispos. Durante seis años, sostuvo una campaña de terror hasta que fue asesinado. Su tarea le sobrevivió en la mente y la legislación de Gregorio IX.

El pontífice aceptó sin reservas que el demonio se aparecía en los aquelarres de las brujas transformado en un sapo, en un espectro pálido y en un gato macho negro. Durante las reuniones, incitaba a sus seguidores a entregarse a las más obscenas prácticas.

Tan pronto como Inocencio IV sancionó la tortura, las confesiones de las brujas fueron cada vez más increíbles. Regularmente, se mandaba a la hoguera a mujeres viejas que admitían haber tenido relaciones sexuales con Satanás y concebido descendencia suya que nadie había visto. La imposibilidad de ver a la prole de Satanás las hacía a todas ellas tanto más amenazadoras.

El rey de Francia convenció al papa Clemente V (1305-1314) para que investigara a los caballeros del Temple, orden fundada para proteger el Santo Sepulcro contra los sarracenos. El rey ambicionaba sus tierras y posesiones. Los templarios fueron torturados por la Inquisición, culpados de herejía; uno de ellos, amedrentado por las llamas, chillaría: «Admitiría con júbilo haber matado a Dios». Lo que emergió fue otro
revoltijo de abominaciones. Confesaron rendir culto a un enorme ídolo en forma de macho cabrío llamado Bafomet. Dijeron que el demonio se les había aparecido en forma de gato macho negro y que habían fornicado con los demonios en forma de mujeres. Cincuenta y nueve caballeros templarios fueron quemados en un solo holocausto.

Con la credulidad de los papas y los terrores de la Inquisición, la doctrina acerca de la brujería varió. Había dejado de ser una ilusión de viejas dementes. Y con el cambio de percepción vino el pánico siempre en progresión. El Anticristo procedía a apoderarse de la Tierra. Nadie podía estar seguro de quién era bruja y en dónde podía surgir. Como en una novela moderna de ciencia ficción, los hombres se despertaban por
las noches para descubrir que sus mujeres, a las que habían conocido y amado durante años, eran brujas en secreto. En realidad, sus hijos no eran de ellos, sino del diablo. En algunos lugares se consideró que había más brujas que mujeres normales, prueba de que el fin del mundo estaba cerca.

Una orgía de destrucción

Por muy espantosa que fuera la persecución de brujas entre los siglos XIII y XV, según Lea, constituyó tan sólo el preludio a «las ciegas y disparatadas orgías de destrucción que infamaron el siglo y medio siguiente. Parecía como si la cristiandad hubiera echado raíces en el delirio». La prolongación inusual del invierno o una mala cosecha eran motivos suficientes para organizar una serie de quemas de estas desventuradas mujeres.

¿Qué dio origen a este rebrote de fanatismo? La respuesta se encuentra en la bula de Inocencio VIII,
 Summis desiderantes affectibus, fechada en diciembre de 1484. Estaba dirigida contra la vieja tradición de la Iglesia. La proliferación de viejas trastornadas bajo la tortura fue asumida como parte de la fe cristiana.
Hombres y mujeres desviándose de la fe católica se han entregado voluntariamente a los demonios, incubi y succubi [pareja sexual masculina y femenina], y por sus hechizos, maleficios, sortilegios y otras abominables ofensas mataron criaturas aún en el seno de su madre, como también las crías de las reses, destruyendo los productos de la tierra... Impiden que los hombres lleven a cabo el acto sexual y que las mujeres conciban; por consiguiente, los hombres no pueden poseer a las esposas ni las esposas entregarse a sus maridos.

Esta es la más clara autentificación de la brujería. Desde 1484, todo aquel que la ignorase, fuere obispo o teólogo, quedaba clasificado como hereje. El papa había hablado; la cuestión estaba zanjada.

Ahora, las hechiceras confesaban bajo tortura que se apoderaban de una sagrada forma, la entregaban a un sapo, lo quemaban y mezclaban sus cenizas con la sangre de un recién nacido, a poder ser no bautizado, añadían polvo de huesos de un hombre ahorcado y un puñado de hierbas. Todo este potingue era untado sobre el cuerpo de la bruja. Mediante un palo entre las piernas, era conducida al lugar del aquelarre de las brujas.

Por fantástica que resultase dicha declaración, estas mujeres debían ser exterminadas. ¿No se decía en el Éxodo: «No consentirás que hechicera alguna exista»?

Para dirigir la matanza, Inocencio otorgó su propia «suprema autoridad» a dos dominicos. Estos inquisidores, Heinrich Kramer (o Institoris) y James Sprenger (conocido por Apóstol del Rosario), operaban en Alemania, el primero en el norte, el segundo a orillas y a lo largo del Rin. Conjuntamente escribieron Malleus Maleficarum (El martillo de las brujas), en 1486. Según los historiadores, provocó más muertes y desgracias que ningún otro libro.

En la actualidad, es un libro de cabecera para informarse acerca de las penalidades impuestas a las brujas. Contiene un corpus teológico completo sobre hechicería que resulta insuperable por las insensateces presentadas como análisis científicos. Durante tres siglos se halló en el estrado de todo juez, sobre la mesa de todo magistrado. El prefacio de las numerosas ediciones de esta obra repleta de perdición era la bula de Inocencio VIII.

Malleus Maleficarum

Al comienzo del libro, los autores manifiestan su convicción maniquea: Satanás influye directamente sobre los seres humanos, hasta el punto de variar su forma originaria causándoles un daño permanente. «De este modo —concluyen—, podrían destruir el mundo entero y provocar una total confusión.»

Una de las primeras cuestiones de la obra es: «¿puede el Diablo tener descendencia?». La respuesta es afirmativa.

Los participantes en los aquelarres de las brujas son trasladados por los aires o a caballo de un palo o escabel, o bien van montados sobre un demonio en forma de perro o macho cabrío. Se encuentran con el diablo, el cual se presenta como un animal astado: ciervo, chivo, toro. Después de los más infernales ritos y orgías sexuales, las brujas copulan con el mismo Satanás.
¿Cómo es posible semejante copulación? Kramer y Sprenger facilitan la respuesta: inseminación artificial.
Los demonios participan en la copulación no como motivación esencial, sino como motivación artificial secundaria, desde el momento que buscan impedir el proceso normal de copulación y concepción, consiguiendo esperma humana y transportándola ellos mismos.
En el coito con los humanos, el incubus demoníaco actúa como la parte masculina, el succubus demoníaco actúa como la parte femenina. En el caso de los incubus, «el semen no fluye de él, siendo como es el semen de otro hombre recogido por él para este fin». El hijo nacido de la relación sexual satánica no es estrictamente hijo del diablo; éste sólo insemina a la mujer de forma artificial. Su objetivo es contaminar a los humanos a través de la ya contaminada boca del sexo. Ya que ¿no es a través del sexo que el pecado original pasa de una a otra generación, el pecado que aliena la raza humana de Dios? En ninguna otra parte no hay mayor evidencia de la repugnancia que sentía el clero medieval hacia el sexo como en el Malleus Maleficarum. El diablo, impotente para afectar otras esferas de la actividad humana, derrama un arrobamiento sobre el sexo y el sexo actúa. La razón es la siguiente: «El poder del diablo reside en las partes pudendas de los hombres».
En una exposición pseudocientífica, explicaban cómo efectuaban los demonios el traslado del semen masculino a través de grandes distancias sin que perdiese su calor procreativo. Se movían con tal rapidez que no había tiempo de que se evaporase.

Los demonios poseen otra prodigiosa habilidad: pueden hacer que los varones pierdan su sexo. El hecho de que estos fragmentos se encuentren en el libro más cruel jamás escrito no impide que puedan ser tan bufos como los de Rabelais. El primero se refiere
a un venerable padre de los dominicos de Spira, conocido por la honestidad de su vida y su sabiduría. «Un día —explica—, mientras estaba confesando, se me acercó un joven, y durante su confesión, con aflicción dijo que había perdido su miembro. Sorprendido por ello, y no deseando dar crédito inmediato, pues, según opinión de los sensatos, sería señal de frivolidad creer con demasiada facilidad, obtuve la prueba de ello cuando no vi nada al sacarse su ropa el joven y mostrarme el lugar. Entonces, recurriendo a la máxima prudencia, le pregunté si sospechaba de alguien que pudiera haberle hecho un maleficio. Y el joven replicó que sospechaba de alguien, pero que ella estaba ausente y vivía en Worms. Entonces, dijo: "Le aconsejo que vaya en su busca lo antes posible y trate de la mejor manera de enternecerla con palabras amables y promesas"; y así lo hizo. Regresó al cabo de unos días para agradecérmelo, diciéndome que estaba entero y lo había recuperado todo. Y creí sus palabras, ya que de nuevo dio prueba de ellas, mostrándomelo ante mis ojos.»
Las confesiones debieron de ser bastante interesantes en aquellos tiempos.

Después, se utiliza la teología escolástica (definida por santo Tomás More como «el ordenamiento de un macho cabrío en un tamiz») para aclarar este fenómeno. Según Kramer y Sprenger, el joven, pese a las apariencias, no habría perdido su miembro. El demonio se lo habría arrebatado a la ligera, ya que el sexo es la base fundamental del control de los hombres. Más bien, el demonio, mediante la prestidigitación, hace que el miembro viril desaparezca y no pueda verse ni sentirse. El demonio no es capaz de engañar a un hombre casto —no con respecto a su propio miembro, en cualquier caso—, aunque si este casto varón, como el venerable confesor de Spira, observase a otra persona puede que no fuera capaz de ver eso.

El demonio porfía arrancar el miembro viril si se le antojaba, lo cual sería muy doloroso. Pero, por las razones teológicas antedichas, es reacio a llegar a tales extremos.
Por medio de la tortura, los inquisidores habían obligado a confesara las brujas que coleccionaban órganos sexuales que, presuntamente, sólo eran masculinos.
¿Qué cabría pensar de semejantes hechiceras que... coleccionan órganos viriles en gran número, tantos como veinte o treinta, y los colocan en nidos de pájaro, o los encierran en cajas, donde se mueven como miembros vivientes y se nutren de avena y maíz?... Todo es obra del demonio y del engaño... Ya que cierto hombre me dijo que, cuando perdió su miembro, fue a ver a una conocida bruja para solicitar que se lo restituyera. Le dijo al afligido hombre que subiese a un árbol determinado y tomase el que le gustara más del nido en el cual había varios miembros. Y al elegir uno grande, la bruja le dijo: «No debes coger ése»; y añadió: «Porque pertenece a un cura de la parroquia».
Al horror por el sexo de los autores se unía el odio congénito a las mujeres. Admitían con facilidad la imagen de las mujeres llevándose órganos sexuales masculinos. Sprenger expone sus puntos de vista en otra obra: «Preferiría tener un león o un dragón suelto en mi casa que una mujer... Flacas de mente y cuerpo, no ha de sorprender que tan a menudo las mujeres se conviertan en brujas... Una mujer es la personificación de la incontinencia carnal... Si una mujer no puede conseguir a un hombre, se emparejará con el mismo diablo».

La gran depuración


Revestidos con el poder incuestionable del papa, los dos inquisidores «cruzaron el país —escribe Lea—, dejando tras ellos una estela de sangre y fuego, despertando en todos los corazones el espanto cruel hacia todos los horrores de la hechicería, tal como les inculcaba la creencia oficial». Los autores del Malleus Maleficarum sentaron el fundamento de que una bruja debía declararse culpable por sí misma. Si no voluntariamente, entonces por otros medios.

Dado que se sospechaba que las brujas estaban poseídas por el demonio, carecían de todo derecho. Se las podía mentir, maltratar, torturar, matar. Eran tratadas como enajenadas, como ahumanas, enemigas de Cristo y de la humanidad. Los papas han dicho a menudo, incluso el
actual pontífice, que no creer en Satanás es peligroso para la moralidad. En oposición a esto aparece la espantosa injusticia de creer en Satanás durante la caza de brujas.

Se utilizaron diversos tipos de tortura. Se prensaban los dedos de pies y manos y las piernas con tornillos de banco. Las víctimas eran flageladas hasta que sangrasen. Curiosamente, el azote, el tornillo de orejas, incluso el potro eran considerados sólo una parte de los preliminares. No estaban clasificados como «tortura real».
El arzobispo de Colonia elaboró una «tarifa de tortura» que incluía cuarenta y nueve precios y sus adeudos correspondientes que debían satisfacerse al torturador por la familia de la víctima. Por ejemplo, cortar la lengua de la víctima y verter hierro incandescente en la boca costaba cinco veces más que una simple flagelación en prisión. Era una especie de supermercado de cámara de horrores. Si la bruja sufría la última pena, los torturadores lo celebraban con un banquete que también era sufragado por la familia de la víctima. Si la «bruja» confesaba, no sólo evitaba un gran desembolso a su familia, obtenía para ella un medio menos doloroso para el otro mundo: era estrangulada antes de ser quemada.

En los atestados consta que una mujer fue torturada en cincuenta y seis ocasiones y a pesar de ello no confesó. En Alemania, en el año 1629, se roció con alcohol el cabello de una mujer al que se le prendió fuego. Después, le ataron las manos tras la espalda y la colgaron del techo durante tres horas antes de que comenzase la «verdadera tortura» .

El Malleus Maleficarum fue seguido por otros manuales. Uno de ellos fue los Discursos sobre Hechicería, de comienzos del siglo XVIII, debido al francés Henri Boguet. Según su opinión, los niños deberían testimoniar en contra de sus padres. Incluso las niñas pequeñas tenían que ser torturadas para arrancarles la verdad. Si ellas mismas fueran brujas, también tenían que morir, aunque por medios más compasivos, por ejemplo, en la horca.

Los cazadores de brujas no parecieron darse cuenta de que estaban creando brujas. Bajo tortura, sus víctimas confesaban cualquier cosa que se esperase de ellas. Sí, habían hecho un pacto con el diablo a medianoche y vendido su alma por oro. Sí, se habían convertido en gatos y en otras bestias como mujeres licántropas. Sí, con su mirada diabólica habían emponzoñado pozos y, con una maldición, habían provocado tormentas de granizo y heladas fuera de estación. Sí, habían copulado con Satanás a su anciana edad (¡su pene era delgado y gélido como un carámbano, y su semen igual de helado!). Y sí, habían tenido un hijo de él, un monstruo con cabeza de lobo y con cola de serpiente, al que durante dos años habían nutrido con la carne de niños recién nacidos, antes de que dicho vastago desapareciera en el aire enrarecido.

Las brujas confesaron hechizar a las personas a las que hacían evacuar por cada orificio —boca, pene, vagina— los más curiosos objetos: mechones de cabello, agujas, piedras, porcipelos, bolas de papel con letras demoníacas. Según Peel y Southern, «un escritor, en los límites de su retorcida imaginación, atribuía al demonio un largo pene bífido que le permitía gozar simultáneamente del sexo natural y a contranatura».

Investigados por los inquisidores, conventos enteros confesaron alegremente haber fornicado cotidianamente con el demonio. Cuanto más desaforadas eran las invenciones, tanto más se iluminaban los ojos de los inquisidores. Sus peores pesadillas se veían confirmadas. Jamás sospecharon que las acusadas aceptaban sencillamente sus culpas para terminar de una vez.

Por una perversidad todavía mal comprendida, personas inocentes se personaban acusándose de los más atroces crímenes. Era como si desearan ser famosos por poco tiempo, aunque ello pudiera significar morir en la hoguera.

Estas confesiones grotescas inclinaron a los autores de los manuales a añadir en sus listas todo tipo de desviaciones sexuales desconocidas hasta ese momento. La sodomía incluyó la copulación homosexual con un demonio masculino. El adulterio incluía las relaciones sexuales de una bruja con Satanás.

Como secuela de los delirios causados por la tortura, una de las más honorables profesiones se convertiría en la más vilipendiada. En una de las declaraciones más extraordinarias que han aparecido en un libro, Kramer y Sprenger afirman: «Nadie hace mayor daño a la fe católica que las comadronas». ¿Cuál era su crimen? A veces mataban a los bebés en el útero o al poco de nacer clavándoles agujas en la fontanela, de modo que los recién nacidos, sin bautizar, fuesen directamente a la ígnea morada de Satanás. Otras, consagraban los niñitos desde su nacimiento a su dueño y señor, el demonio. En los esfuerzos más simiescos del diablo por imitar a Dios y apoderarse del mundo, las comadronas eran sus más estrechas colaboradoras. De este modo, el sector de los endemoniados se acrecentaba día a día.

Durante siglo y medio, todo el mundo, desde el rey hasta el plebeyo, sintió miedo de esta secreta organización que estaba socavando los cimientos del mundo. Se difundían narraciones acerca de aquelarres de brujas que atraían muchedumbres de más de veinticinco mil personas; todas ellas portaban velas de modo que la noche se convertía en día, todas rendían culto a Lucifer, realizando ritos que escarnecían lo más sagrado para los cristianos. Después de la bula de Inocencio VIII, la nigromancia se multiplicó, la misa negra se convirtió en una práctica trivial. Muchos sacerdotes apóstatas las oficiaban. En cierto aspecto, formaba parte de una protesta social contra la autoridad opresiva de la Iglesia; por otra parte, reflejaba el deseo de chapotear en lo oculto. A menudo, cuando se hacía uso de una hostia consagrada, se escribían invocaciones obscenas en letras con sangre.

En los páramos o en los calveros iluminados por la luna, en las convocatorias de los viernes trece o en las grandes asambleas de los aquelarres estacionales, las brujas acudían a su mascarada de rendir culto a Satanás llevando una cabeza de macho cabrío. Se invertía todo el ritual de la misa. Pisoteaban la cruz; oraban dando las espaldas al cielo y con la cara hacia la tierra; incluso danzaban hacia atrás. El demonio predicaba, asegurándoles que carecían de alma y que no había otra vida. Según las narraciones, la ceremonia concluía besando el trasero al diablo, forjando un pacto de sangre con él y, finalmente, se entregaban a confusas e indiscriminadas orgías sexuales. 
La Iglesia empleó sus propias formas de magia que contraponía a las de la magia negra. Había el agua bendita, los cirios bendecidos, las campanas eclesiales, medallas, el rosario, la invocación a los santos, reliquias, exorcismos y sacramentos.

A pesar de estas defensas, la Iglesia parecía estar perdiendo la batalla. La brujería siguió creciendo debido a los mismos métodos que los papas habían concebido para exterminarla. Bajo tortura, las brujas delataban a sus cómplices; éstas, a su vez, delataban a otras. El mundo, que hasta hacía muy poco tenía su singular hechicera en el pueblo o en el caserío acompañada por su gato, perro, corneja o cuervo familiares, ahora estaba inundado de brujas. Las brujas, se decía, tenían más devotos que la Virgen María. Constituían una contraiglesia en la que se decía que participaban muchos cardenales. El poder de Satanás casi se igualaba al de Dios.

La situación era desesperada y requería remedios desesperados. Con arreglo al Melleus Maleficarum, cualquier artificio para tratar con Satanás era legítimo. Éste era el consejo que ofrecía el libro a los inquisidores que investigaban a las brujas: prométase una pena menor si se confiesan culpables. Halladas culpables, apliqúese una pena menor antes de ser quemadas. Prométase no condenar a ninguna bruja que inculpe a otras. Seguidamente, búsquese a otro inquisidor para que la condene. Muchas brujas subían a la hoguera lamentándose que les habían prometido el perdón a cambio de facilitar nombres o por confesar su culpabilidad.

Ni siquiera Kramer y Prenger fueron capaces de explicar por qué daban crédito a brujas que eran portavoces del «Padre de las Mentiras», ni cómo las brujas, aparentemente tan terribles, se dejaban capturar sin luchar, torturar y matar. No existe ni un solo caso registrado en que una bruja maldijera con éxito a un inquisidor, cegara a un torturador, sobreviviera tras ser quemada en la hoguera.

Las ejecuciones se multiplicaron. Anteriormente, se habían producido una o dos, ahora las quemas se hacían en serie. Entre las condenadas había niñas de seis años. «Un obispo de Ginebra —escribe Lea en The Inquisition in the Mídale Ages—, se dice que quemó a quinientas en tres meses, un obispo de Hamburgo, a seiscientas, un obispo de Wuzburgo, a novecientas.» Y así continuó la cuestión. El arzobispo de Tréveris, en 1586, envió a la hoguera a ciento dieciocho mujeres y dos hombres por sortilegios que prolongaron la estación invernal.

La responsabilidad pontificia

Sería necio insinuar que el papado fue el creador de la brujería. Existía antes de que apareciera el cristianismo y la Iglesia nunca la exterminó por completo. Aun así, es indudable que el papado desempeñó una función crítica en su pujante resurgimiento y en el cruel trato a las brujas.

Döllinger escribió en El papa y el concilio: «Todo el trato dado a las brujas fue el resultado, en parte directo y en parte indirecto, de la autoridad irrecusable del papa». Lea añade: «La Iglesia aplicó su irresistible autoridad para consolidar la creencia en el alma de los hombres. En las bulas papales, se aludió reiteradamente a los poderes maléficos de las brujas debido a la credulidad implícita de los creyentes».

Con anterioridad a Inocencio VIII, afirmar que las brujas poseían estos poderes era contrario a la fe; después de Inocencio, negarlo era una herejía, merecedora de la hoguera. La contradicción con la antigua doctrina era tan evidente que los teólogos tuvieron que recurrir a un subterfugio para referirse a ella. Los inquisidores sostenían que las brujas a las que se referían Acira y Graciano, las inofensivas, se habían extinguido. Una nueva y más vigorosa generación las había reemplazado; éstas eran las que se habían coaligado con el demonio para llevar a cabo una suerte de campaña satánica para contaminar el cuerpo social. La autoridad pontificia —en las personas de Inocencio VIII, Alejandro VI, León X, Julio II, Adriano VI y otros muchos— garantizaba la existencia de las brujas y sus poderes protonaturales, especialmente en el reino del sexo. Sin ir más lejos, en 1623, Gregorio XVI decretó que quienquiera que pactase con Satanás para causar la impotencia de los animales o dañar los frutos de la tierra debía ser condenado a cadena perpetua por la Inquisición.

Más tarde, en 1657, sin previo aviso ni explicación, una directriz de la Inquisición romana señalaría que, en mucho tiempo, no se había instruido ni llevado a efecto de forma correcta ni un solo proceso. Los inquisidores habían errado por la precipitada aplicación de la tortura y otras irregularidades. Ni una sola referencia acerca de la función de los papas sancionando la tortura y las mentiras, ni acerca de por qué muchos papas contradijeron la tradición afirmando la realidad de las brujas. Por encima de todo, no se formuló ni una sola palabra de compunción por las miles de personas que habían perecido en uno de los peores períodos de pesadilla de la historia europea.

Durante siglos, los papas orquestaron la puesta en práctica de un maniqueísmo por el que el demonio había pretendido dominar más de la mitad de la cristiandad. Ahora, sin una palabra de explicación, toda esta doctrina se desechaba, como si ningún papa hubiese incurrido en la necedad de sostenerla. Nunca es fácil excusarse por los errores. Para una autoridad que proclama no poder errar, resultaría casi imposible.

Un aspecto muy preocupante de la brujería era que el aquelarre se iniciase un viernes por la noche. ¿Cabe la posibilidad de que los inquisidores sugirieran a sus víctimas ese día, dado que coincidía con otra celebración demoníaca, la festividad sabática judía?

EL SABBAT Y LA MAGIA SEXUAL
El sabbat tiene sus orígenes en el viejo trabajo pagano en la naturaleza y en la sexualidad como fundación en la vida. Las prácticas sexuales son sin embargo, elementos esenciales de la festividad sabática. Es una poderosa herramienta antinómica  de liberación que quiebra las inhibiciones morales y las restricciones culturales. Los ritos sexuales y las orgías siempre han sido asociados con el lado oscuro de la magia y con el culto al diablo.
Durante el sabbat, se decía que la brujas obtenían placer en orgías sexuales con demonios -  el súcubo y el incubo. El súcubo era un espíritu femenino que seducía al hombre, mientras que el incubo era el espíritu masculino que copulaba con la mujer. Algunas veces ellos eran considerados dos formas de un demonio que cambia de forma dependiendo del compañero sexual humano. En la forma femenina, el demonio le robaba el semen al hombre entonces asumía una forma masculina, de esta forma eyaculaba el semen en una compañera femenina y la fecundaba. Se creía que dicha mujer fecundada de esta forma daba nacimiento a una descendencia de demonios. En Tolosa en 1275, por ejemplo, una bruja confesó dar a luz a una criatura con cabeza de lobo y cola de serpiente. Aparte de las apariciones nocturnas, se pensaba que los demonios de la noche robaban semen de los cadáveres. En la edad media estudiantes como San Agustín o Tomas Aquino clamaban que los demonios podían obtener un cuerpo muerto con el cual un humano podía tener un coito. Ellos creían que los malos espíritus también podían entrar en los cadáveres o podía fabricar nuevos cuerpos sin elemento alguno. Henri Boguet en su Discours des sorciers (1602) exponía que los demonios podían usar el cuerpo de un hombre recientemente ahorcado. En el sabbat, en el clímax de la ceremonia, los demonios escogían sus parejas y los conducían al placer orgiástico, y al sexo perverso con ellos. Como es descripto en uno de los reportes:
“Ellos fueron al sabbat o encuentro, en donde comieron, bebieron, se emborracharon, danzaron y fornicaron. Toda mujer tenían su demonio en forma de hombre, y los hombres tenían a sus demonios en forma de mujer.”
En la leyenda de Fausto, se creía que Mefistófeles tenía poder sobre los incubos y los súcubos. En el cuento renacentista, Mefistófeles le otorgaba a Fausto un súcubo todos los días.
Las brujas también experimentaban una relación sexual con el demonio presidente, el mismísimo hombre negro del sabbat. Hay un montón de relatos en donde muchas mujeres confiesan haber tenido contactos sexuales con demonios. Esta experiencia es frecuentemente descripta y caracterizada por una sensación de frialdad. Brujas de todas partes del mundo están de acuerdo en una cosa: “el diablo era frío y su semilla era igual de fría.” Tanto el semen como el falo del demonio eran extremadamente fríos, como hielo. La misma sensación era experimentada por los hombres cuando tenían relaciones sexuales con un súcubo. El hombre negro se decía que aparecía en el sabbat con su falo erecto, largo como el de un animal, evocando lujuria en las participantes femeninas de la festividad. También se parecía a la forma de una serpiente, o estaba bifurcado como la lengua de una víbora. También podía tener partes en acero o de otro metal o podía ser un cuerno. A comienzos del siglo 17 Pierre de Lancre, escribió un libro acerca de las brujas, basada en sus experiencias. De acuerdo con las mujeres examinadas, el demonio de sabbat tenía un miembro como el de una mula, tan largo y duro como un brazo. El podía realizar tanto el coito como la pederastia al mismo tiempo. El hombre negro tenia relaciones sexuales con los neófitos, es por ello que muchas brujas decían que él las visitaba por la noche, no solo en el sabbat, sino cada día en sus casas. También las relaciones sexuales eran comunes cuando el diablo aparecía en forma de animal – usualmente como perro, como cabra o serpiente.  Además se creía que el tomaba hermosas brujas de adelante mientras que las feas quedaban detrás.
Muchos de los relatos del sabbat enfatizan en el dolor causado por el extraordinario tamaño del miembro del diablo y su frialdad. Muchos otros, sin embargo, describen un increíble placer que derivaba del acto sexual con el diablo.
Un monje franciscano, Lodovico María Sinistrari escribe en su Demoniality:
“Lo que los incubos introducen dentro del útero no es el ordinario semen humano, en cantidades tampoco lo es, es abundante, expreso, muy húmedo, rico en espíritu y libre de serosidad. Esto, sin embargo, es algo simple para ellos, dado que ellos tienen que elegir ardientes y robustos hombres, de los que el semen es naturalmente muy copioso y con los que los súcubos tienen relaciones; luego los incubos copulan con mujeres con similares constituciones corpóreas, teniendo cuidado de que ambos disfruten mas de lo normal el orgasmo, en donde una gran excitación produce un gran semen.”
Se dice que la misa negra, la famosa ceremonia mágica sexual, fue una vez una parte del sabbat y se conservo en el nivel real de las festividades sabáticas. El logro subyacente  del concepto de misa negra es idéntica al sabbat – es revertir el concepto patriarcal aceptado, generando una nueva estructura y poniendo al diablo en el lugar de dios, celebrando la felicidad de la vida y afirmando la sexualidad. También los elementos usados en la misa negra se parece a lo que figuran en el sabbat: la recitación del padre nuestro al revés, o las salvajes y blasfemas orgías. Estos ritos celebrados por ejemplo por: Gilles de Rais, mariscal de Francia, en la mitad del siglo 15. El hacia ofrendas de manos, cabezas, ojos y sangre de niños que eran asesinados después de ser abusados en orgías sádicas.
La misa negra sirve como una herramienta antinómica para quebrar los limites tanto extremos como internos, que es un paso esencial en el progreso del sendero de la mano izquierda. El encuentro con el diablo, el hombre negro de sabbat, es un encuentro con la sexualidad reprimida – los instintos oscuros y salvajes y los impulsos que afloran desde los niveles más profundos del inconciente. El hombre negro o la reina del sabbat son los deseos encarnados y la manifestación de los deseos sexuales prohibidos. Sus atributos: cuernos, fuego, serpiente, desnudez, la forma animal han sido símbolo de la sexualidad desde tiempos inmemorables. Son los mismos artículos del sabbat tradicional, como la escoba que es un símbolo falico. El sabbat aflora todas las lujurias escondidas, los anhelos y los deseos, y rompe los límites entre la fantasía y la realidad. El éxtasis y el deleite alcanzado a través de la práctica del despertar la fuerte fuerza de la vida contenida en la sexualidad.

LOS AKELARRES SU HISTORIA Y SU SIGNIFIKADO
Historia del origen de los aquelarre o akelarre y fechas en los que se realizan, descripción de los mismos y qué se celebra en los mismos.
La palabra Aquelarre o akelarre (del euskera aker = chivo o macho cabrío; larre = campo) es el lugar donde las brujas (sorgiñas en euskera) celebran sus reuniones y sus rituales.
Aunque es una palabra de origen vasco se ha asimilado en castellano. En efecto, el término se asocia a las leyendas medievales que hablaban de las reuniones rituales que brujas y brujos celebraban en honor a Satán.
En las versiones sudamericanas de este mito, el aquelarre recibe el nombre de Salamanca. Se trata de una reunión demoníaca de la que participan brujas y demonios de todo tipo. El mito de la Salamanca se halla difundido en gran parte del territorio argentino tanto en la zona de la cordillera como en la precordillerana. Pero también en el litoral en donde también recibe el nombre de “la comitiva”.
En el Aquelarre, la obra de Goya, que se reproduce en esta página, es uno de los lienzos más impactantes (de los 14 que componen la serie que pintó Goya) y que compró la Duquesa de Osuna para su palacio de El Capricho. En él se representa un macho cabrío negro (figuración del demonio), coronado de hojas de vid, que preside una reunión de brujas que le ofrecen niños, posiblemente se trate de una alusión a la vieja creencia de que los niños son el bien más preciado por Satanás por lo que las brujas robaban los pequeños para ofrecérselos.
La escena se desarrolla por la noche, a la luz de la luna, divisándose un buen número de murciélagos rodeando al demonio. Estas historias se escuchaban con frecuencia en las tabernas y en los mentideros, intentando los ilustrados desmentirlas para eliminar la superstición del pueblo. Quizá Goya, como ilustrado que era, hace una crítica a esos aquelarres, muy en consonancia con las imágenes que aparecen en los Caprichos.
Volviendo al aquelarre propiamente dicho, fue el nombre que se le dio a las reuniones nocturnas en las que las mujeres consideradas brujas se reunían.
Durante la Edad Media se vincula la figura de la bruja a su participación en fiestas de carácter orgiástico denominadas aquelarres (que en vasco significa “campo del chivo”). Se creía que en estos aquelarres las brujas mantenían relaciones carnales con Satanás que adoptaba la figura de un macho cabrío.
A los Aquelarre también se los conoce como Sabbath (pero no hay que confundir a éste con el día de descanso según los judíos, que también es el sabbath). La palabra akelarre procede del euskera, de la unión de aker+larre, que literalmente se traduciría como “prado del cabrón” o del macho cabrío.
Se acusaba a las mujeres de usar estas reuniones como provocación, de invocar en ellas al diablo (el macho cabrío) para pactar con él, de llevar a cabo toda suerte de orgías en las que participa también el demonio, de hacer sacrificios o ritos malignos que causaban mal al pueblo. Aunque realmente, a estas reuniones no acudían extraños, con lo que esto no son sino elucubraciones e hipótesis hechas muchas veces desde el miedo o el rechazo.
Estas reuniones parecen ser el residuo de los ritos femeninos griegos y romanos al dios Baco y otros ritos de origen tracio. Y seguramente las denominadas brujas eran las herederas de lo que quedara de las sacerdotisas bacantes con la entrada del cristianismo. El macho cabrío parece corresponder más al dios de la fertilidad Pan y a los Sátiros.
Probablemente el que una serie de mujeres se reuniesen por su cuenta no resultaba normal en la época y daba pie a rumores infundados, más aún si la reunión era por la noche, pero no hay pruebas de que realmente se realizaran esos sacrificios. Sí se sabe que se reunían, que bailaban desnudas bajo la luna, que preparaban infusiones con hierbas que ellas mismas solían recoger poco para los castigos que sufrieron muchas de ellas después.
También es posible que algunas de las cosas con los que se asociaron los akelarres sucedieran de algún modo provocadas por las propias supersticiones de la época, que conseguían que las mujeres llegaran a autosugestionarse hasta el punto de tener alucinaciones que luego relatarían (en las que sí que podría aparecer una imagen que les recordara al demonio).
Además de la teoría de simples reuniones de mujeres cansadas de la rutina, también hay estudios que creen que podrían ser una derivación de los ritos de la fertilidad propios de culturas más primitivas, de adoración a la Madre Tierra o que asocian los excesos que se les suponían a estas reuniones con los que se daban también en las antiguas celebraciones en honor a Dionisos, el dios del vino. Tal vez el hecho de que estos dos últimos tipos de celebraciones incluyesen también a los hombres fue lo que hizo que no fueran perseguidas y sí lo fueran los akelarres.
Los akelarres solían celebrarse en prados cerca de cuevas (como es el caso de Zugarramurdi, en Euskadi), o en claros de bosques, a cierta distancia de donde vivieran, a donde podían acudir las brujas a pie o supuestamente montadas sobre sus escobas.
Las reuniones en montes o cuevas de montaña al calor del fuego son típicas de los cultos de origen tracio. Despedazar animales o untarse con sangre forma parte del rito bacante.
Se cuenta que en ellos el diablo podía elegir en qué forma aparecerse a las brujas, si en su forma animal, como un macho cabrío, bajo forma humana, convirtiéndose en un hombre apuesto pero con oscuras intenciones, o bajo la forma de una bestia informe sin los límites bien definidos.
Asimismo, se cuenta que podía elegir darles a las brujas que copularan con él y le fueran fieles este mismo poder de transmutación.
Se dice también que el diablo solía marcar a sus acólitas. Una de las maneras era hacerles una herida en alguna parte del cuerpo, que al cicatrizar se insensibilizaría.
Así, durante las torturas en la Inquisición muchas veces se excusaban en que no estaban torturando exactamente sino buscando esa zona insensible que delatara a la bruja como tal.
Otra marca que usaba el diablo era dotarles de un falso pezón que serviría para amamantar a su demonio familiar, oculto muchas veces bajo la forma de un animal.
De aquí surgen dos creencias tradicionales que se mantienen hoy, la de que las brujas suelen tener verrugas (por donde se alimentaría este demonio familiar) y la de que suelen acompañarse de gatos negros o de otros animales como pueden ser lechuzas o cuervos.

` � l H� XS o tal. Otra marca que usaba el diablo era dotarles de un falso pezón que serviría para amamantar a su demonio familiar, oculto muchas veces bajo la forma de un animal. De aquí surgen dos creencias tradicionales que se mantienen hoy, la de que las brujas suelen tener verrugas (por donde se alimentaría este demonio familiar) y la de que suelen acompañarse de gatos negros o de otros animales como pueden ser lechuzas o cuervos.
Pero segun las leyendas, no siempre era el diablo quien participaba de la orgia ritual. En otros era hechiceros de sexo masculino, que mediante ungüentos, cinturones o rituales, se transforman en animales, lobos en la mayoria de los casos, para acudir al aquelarre y experimentar goces brutales y prohibidos....Es aqui donde la leyenda de las brujas y los hombres lobo se cruzan. Siguiendo por esa linea, tambien hay quien afirma que el diablo se valia de los hombres lobo para cuidar que el aquelarre pudiera llevarse a cabo sin interrupciones.Hasta tal extremo de histeria se llegó, que echó raíces la teoría de que también había aquelarres de hombres lobos, a imagen y semejanza de los de las brujas. Uno de los propagadores de esta teoría fue Casper Peucer, quien en sus Commentarius de Praecipibus Divinationum Generibus (1560) contó la siguiente historia: "En Navidad, un muchacho cojo de una pierna recorre la región reuniendo a los seguidores del Diablo, que son innumerables, para que vayan a un cónclave general. Quien se niega a ir o va de mala gana es azotado por otro con un látigo de hierro hasta que mana sangre y deja huellas ensangrentadas. Desaparece la forma humana y la multitud se transforma en lobos. Se reúnen muchos miles de personas. A la cabeza va el jefe, armado con un látigo de hierro, y la legión le sigue, todos firmemente convencidos de que se han transformado en lobos. Atacan manadas de vacas y rebaños de ovejas pero no tienen poder para matar a los hombres. Cuando llegan a un río, el jefe golpea el agua con el látigo y ésta se divide, dejando un sendero seco en medio por el que pasa la gente. La transformación dura doce días, al final de los cuales desaparece la piel de lobo y se recupera la forma humana".
Pero mas allá de la leyendas originadas por el delirio cristiano, el aquelarre (Sabbat) como tal no es mas que un ritual de adoracion al dios de la fertilidad (Pan) y a la Madre Tierra (Gaia). De hecho actualmente, el concepto de aquelarre sigue vigente dentro de religiones neo-paganas. Los wiccas llaman aquelarres a sus grupos y a lo largo del año estos grupos llevan a cabo cuatro Sabbats Menores y cuatro Sabbats Mayores cada uno durante los días solares sagrados que tiene un intervalo entre ellos de seis semanas y media. Los Sabbats Wiccas Sabbats son las celebraciones orientadas en relación con las estaciones. La Rueda del Año los divide alternándolos para conformar ocho períodos en el año. Estos períodos antiguamente regulaban las actividades diarias como las épocas de siembra y cosecha, además de ser utilizados ritualmente.
Ellos afirman que "Estas festividades revela la historia del Dios y la Diosa, el ciclo que experimenta la Diosa de pasar de Doncella a Madre y de Madre a Anciana y el ciclo que experimenta en Dios; en que nace, se casa, madura y muere. Actualmente los utilizamos para guiarnos espiritual y físicamente; para reunirnos y celebrarlos. El cuerpo humano está regido por estos ciclos que hoy hemos olvidado y alterado a partir de la implementación del calendario cristiano, el cual no va de acuerdo a ningún ciclo natural, debido a su reciente creación."

LOS AKELARRES
Un Aquelarre o akelarre es el lugar donde las brujas celebran sus reuniones y sus rituales. Con el paso del tiempo, este termino vasco se ha asimilado en castellano y por extensión se aplica cualquier Sabbath, es decir un reunión de brujas y brujos. Cabe hacer notar que extrictamente hablando, el termino aquelarre se refiere al lugar de culto donde se reunen los brujos, el ritual como tal se denomina Sabbath, pero por fuerza de la costumbre estos terminos se volvieron sinonimos, de tal suerte que aquelarre fue el nombre que se le dio a las reuniones nocturnas en las que las mujeres consideradas brujas se reunían.
La palabra aquelarre procede del euskera, de la unión de aker+larre, que literalmente se traduciría como "prado del cabrón" o del macho cabrío y de alli que se diga que en estas celebraciones se solía venerar un macho cabrío negro al que se le ha asociado con el culto a Satán. Sin embargo, si bien el macho cabrio para las religiones judeocristianas representa a Satanas, dentro del paganismo representa a Pan, el dios griego de la fertilidad.
Aun asi, se acusaba a las mujeres de usar estas reuniones como provocación, de invocar en ellas al diablo para pactar con él, de llevar a cabo toda suerte de orgías en las que participa también el demonio, de hacer sacrificios o ritos malignos que causaban mal al pueblo... Aunque realmente, a estas reuniones no acudían extraños, con lo que esto no son hipótesis hechas muchas veces desde el miedo o el rechazo. Probablemente el que una serie de mujeres se reuniesen por su cuenta no resultaba normal en la época y daba pie a rumores infundados, más aún si la reunión era por la noche, pero no hay pruebas de que realmente se realizaran esos sacrificios. Sí se sabe que se reunían, que bailaban desnudas bajo la luna, que preparaban infusiones con hierbas que ellas mismas solían recoger... poco para los castigos que sufrieron muchas de ellas después. También es posible que algunas de las cosas con los que se asociaron los aquelarres sucedieran de algún modo provocadas por las propias supersticiones de la época, que conseguían que las mujeres llegaran a autosugestionarse hasta el punto de tener alucinaciones que luego relatarían (en las que sí que podría aparecer una imagen que les recordara al demonio).
Cabe recordar ademas , que en esos dias las diferentes vías de administración de sustancias alucinógenas no eran muy conocidas y su administración cuando una cantidad letal estaba muy cercana a la dosis de uso hacían muy peligroso administrarlas por vía oral. Es por ello, que dichas sustancias se aplicaban frecuentemente en forma de ungüento por vía vaginal o rectal, lo que podría haber dado origen a algunas leyendas sobre el carácter sexual de las reuniones de brujas o el uso de calderos para la preparación de pócimas. Por otro lado, muchos sapos son venenosos por contacto y su piel también es alucinógena. Es por ello que los sapos también forman parte de la imaginería vinculada al mundo de la brujería. Algo similar sucede con algunas setas venenosas, como la amanita muscaria, asociada en los cuentos infantiles al lugar donde viven los gnomos.
Los aquelarres solían celebrarse en prados cerca de cuevas (como es el caso de Zugarramurdi, en Euskadi), o en claros de bosques, a cierta distancia de donde vivieran, a donde podían acudir las brujas a pie o supuestamente montadas sobre sus escobas. Se cuenta que en ellos el diablo podía elegir en qué forma aparecerse a las brujas, si en su forma animal, como un macho cabrío, bajo forma humana, convirtiéndose en un hombre apuesto pero con oscuras intenciones, o bajo la forma de una bestia informe sin los límites bien definidos. Asímismo, se cuenta que podía elegir darles a las brujas que copularan con él y le fueran fieles este mismo poder de transmutación.
De acuerdo con la mayoría de los expertos, los brujos europeos de la época medieval en adelante estaban organizados en grupos o aquelarres de doce miembros, la mayor parte de ellos, pero no exclusivamente, formados por mujeres, y por un líder, generalmente, masculino. Este líder estaba considerado como vicario del diablo y muchos de sus fieles más ingenuos le trataban como si fuera el mismo diablo. Tradicionalmente se le representaba vestido de negro o con disfraz de macho cabrío, ciervo u otros animales con cuernos.
El lugar de reunión de brujos más famoso de la Europa antigua y medieval fue Brocken, el pico más alto de las montañas Harz, en Alemania, donde transcurre la escena del Sabbat tan impresionantemente descrita en el Fausto de Goethe. Los Lunes, miércoles y viernes de cada semana eran los días señalados para los aquelarres, aparte de las grandes festividades de la Iglesia, como la Pascua, Pentecostés, Navidad, etc. Los aquelarres eran el 2 de Febrero (ahora dia de la Candelaria), el 1 de Mayo (ahora Dia de la Misa del Crucifijo), la noche del 30 de abril (Noche de Walpurgis), el 31 de julio (Fiestas de la cosecha), el 1 de Agosto (Ahora dia del Cordero) y el 31 de Octubre (ahora vispera del dia de Todos los Santos y tambien Samhain (fin del verano) que es el ultimo dia del año Celta, por lo que vemos que esta costumbre viene desde la epoca de las creencias en las deidades Ctonicas ... deidades de la tierra, de los Druidas ). Sin embargo, la creencia popular durante mucho tiempo fue que los aquelarres se celebraban el ultimo jueves del mes octubre, razon por la cual publico este articulo el dia de hoy.
Segun cuentan las leyendas, el aquelarre comenzaba con la iniciación de los neófitos. Se supone que la ceremonia iniciática incluía prestar juramento de obediencia al demonio, firmando con él pactos de sangre y profanando crucifijos, por ser la señal de la Cruz, y otros objetos sagrados; la asignación de un espíritu ayudante bajo la forma de gato, ratón, comadreja, sapo u otro animal pequeño, que actuara de sirviente del brujo; la realización de diversos actos obscenos de obediencia al demonio y su vicario. A la iniciación seguía un acto de culto general que con frecuencia incluía la misa negra, una farsa de la misa católica. Se dice que el culto desembocaba en una danza que se hacía cada vez más salvaje e indecente. El aquelarre terminaba supuestamente en una orgía sexual.
En cada aquelarre, y sobre todo cuando había que recibir a un nuevo iniciado, el diablo tomaba la figura de un hombre triste, encolerizado, negro y feísimo; estaba sentado en una roca, tan pronto dorado, tan pronto negro como el ébano. Lucía una corona de cuernos, con otros dos más en la nuca, y una tercera en medio de la frente; con ésta iluminaba el aquelarre. Sus ojos eran grandes, muy abiertos, lumínicos, espantosos. Su barba era como la de un chivo, mitad de hombre, mitad de cabrón. Tenía pies y manos humanos, con los dedos terminados en unas uñas desmesuradamente largas, que acababan en punta. Su fisonomía expresaba a la vez malhumor y melancolía.
Al comenzar la ceremonia todos los presentes se prosternaban y adoraban al diablo, llamándole su amo y su dios, y repitiendo la apostasía pronunciada ya al ser recibido en la iniciación. Todos le besaban el pie, la mano, el costado izquierdo, el trasero y el pene. La sesión empezaba a las nueve de la noche y terminaba en modo alguno después del canto del gallo.
A esta ceremonia sucedía otra que era una imitación diabólica de la Santa Misa, donde los diablillos subalternos disponían el altar y servían a su amo como los monaguillos sirven al cura en la misa. El diablo interrumpía la celebración para exhortar a la asistencia a no volver nunca más al cristianismo, prometiéndoles un paraíso mucho mejor que el cielo.
Terminada la misa, el diablo se unía carnalmente con todos los hombres y todas las mujeres, ordenándoles que le imitaran. El comercio concluía con la mescolanza de sexos, sin distinción de parentesco alguno. Los prosélitos del diablo tenían a gran honor ser llamados para tales actos, siendo privilegio del rey de los brujos llamar a sus elegidos, lo mismo que hacía la reina de las brujas con sus escogidas.
Después de la ceremonia, Satanás despedía a todos, ordenándoles que hiciesen todo el mal posible a los cristianos y a todos los frutos de la tierra, transformándose para esto en gato, lobo, zorro, gavilán y otros animales según la necesidad del caso, empelando asimismo polvos y mejunjes ponzoñosos, que debían prepararse con el agua sacada del sapo que cada bruja llevaba consigo, sapo que no era otro que el diablo metamorfoseado de tal guisa, desde el momento en que un novicio era recibido en la secta.
Esta recepción o afiliación tenía lugar en el aquelarre, momento en que el candidato renunciaba al culto de Dios, prometiendo obediencia y fidelidad al diablo hasta la muerte. Entonces, Satanás marcaba al iniciado con las garras de su mano izquierda, imprimiéndole la figura de un sapo muy pequeño bajo el ojo izquierdo, sin causarle ningún dolor.
Esta figura del sapo servía a los brujos como señal de reconocimiento. Luego, se le entregaba al recién admitido un pequeño sapo vestido, que poseía la virtud de volver invisible al nuevo amo, de transportarle de un sitio a otro en muy poco tiempo, y de transformarle en el animal deseado.
Antes de marchar al aquelarre, los brujo ya las brujas debían untarse el cuerpo con un brebaje vomitado por el sapo, que se obtenía golpeándole con pequeñas porras hasta que el diablo alojado en el sapo exclamase: “¡Ya basta!”.
Tras haberse untado el cuerpo con tal vómito, la bruja podía volar y viajar con la rapidez del rayo; pero tales travesías sólo podían realizarse de noche, puesto que al cantar el gallo, el sapo desaparecía y el brujo o bruja quedaba reducido a su condición natural.”
Se dice también que el diablo solía marcar a sus acólitas. Una de las maneras era hacerles una herida en alguna parte del cuerpo, que al cicatrizar se insensibilizaría. Así, durante las torturas en la Inquisición muchas veces se excusaban en que no estaban torturando exactamente sino buscando esa zona insensible que delatara a la bruja como tal. Otra marca que usaba el diablo era dotarles de un falso pezón que serviría para amamantar a su demonio familiar, oculto muchas veces bajo la forma de un animal. De aquí surgen dos creencias tradicionales que se mantienen hoy, la de que las brujas suelen tener verrugas (por donde se alimentaría este demonio familiar) y la de que suelen acompañarse de gatos negros o de otros animales como pueden ser lechuzas o cuervos.
Pero segun las leyendas, no siempre era el diablo quien participaba de la orgia ritual. En otros era hechiceros de sexo masculino, que mediante ungüentos, cinturones o rituales, se transforman en animales, lobos en la mayoria de los casos, para acudir al aquelarre y experimentar goces brutales y prohibidos....Es aqui donde la leyenda de las brujas y los hombres lobo se cruzan. Siguiendo por esa linea, tambien hay quien afirma que el diablo se valia de los hombres lobo para cuidar que el aquelarre pudiera llevarse a cabo sin interrupciones.Hasta tal extremo de histeria se llegó, que echó raíces la teoría de que también había aquelarres de hombres lobos, a imagen y semejanza de los de las brujas. Uno de los propagadores de esta teoría fue Casper Peucer, quien en sus Commentarius de Praecipibus Divinationum Generibus (1560) contó la siguiente historia: "En Navidad, un muchacho cojo de una pierna recorre la región reuniendo a los seguidores del Diablo, que son innumerables, para que vayan a un cónclave general. Quien se niega a ir o va de mala gana es azotado por otro con un látigo de hierro hasta que mana sangre y deja huellas ensangrentadas. Desaparece la forma humana y la multitud se transforma en lobos. Se reúnen muchos miles de personas. A la cabeza va el jefe, armado con un látigo de hierro, y la legión le sigue, todos firmemente convencidos de que se han transformado en lobos. Atacan manadas de vacas y rebaños de ovejas pero no tienen poder para matar a los hombres. Cuando llegan a un río, el jefe golpea el agua con el látigo y ésta se divide, dejando un sendero seco en medio por el que pasa la gente. La transformación dura doce días, al final de los cuales desaparece la piel de lobo y se recupera la forma humana".
Pero mas allá de la leyendas originadas por el delirio cristiano, el aquelarre (Sabbat) como tal no es mas que un ritual de adoracion al dios de la fertilidad (Pan) y a la Madre Tierra (Gaia). De hecho actualmente, el concepto de aquelarre sigue vigente dentro de religiones neo-paganas. Los wiccas llaman aquelarres a sus grupos y a lo largo del año estos grupos llevan a cabo cuatro Sabbats Menores y cuatro Sabbats Mayores cada uno durante los días solares sagrados que tiene un intervalo entre ellos de seis semanas y media. Los Sabbats Wiccas Sabbats son las celebraciones orientadas en relación con las estaciones. La Rueda del Año los divide alternándolos para conformar ocho períodos en el año. Estos períodos antiguamente regulaban las actividades diarias como las épocas de siembra y cosecha, además de ser utilizados ritualmente.
Ellos afirman que "Estas festividades revela la historia del Dios y la Diosa, el ciclo que experimenta la Diosa de pasar de Doncella a Madre y de Madre a Anciana y el ciclo que experimenta en Dios; en que nace, se casa, madura y muere. Actualmente los utilizamos para guiarnos espiritual y físicamente; para reunirnos y celebrarlos. El cuerpo humano está regido por estos ciclos que hoy hemos olvidado y alterado a partir de la implementación del calendario cristiano, el cual no va de acuerdo a ningún ciclo natural, debido a su reciente creación."

AKELARRES: DROGAS,SEXO Y DESVIACION
Siendo el culto a Satán, por parte de sus adictos, contrario y en cierto modo paralelo al que se rinde a Dios en las celebraciones relgiosas ortodoxas y permitidas, en buena lógica exige también la mani festación del fervor y del sometimiento a su sobrenatural poder mediante ceremonias y concentraciones y la consagración de ciertos días. La manifestación más importante del culto satánico ha sido siempre el sabbath o aquelarre, concentración de brujos y brujas, presidida por el mismo Satanás o por un representante cualificado, y a la que solían acudir también íncubos y súcubos ( recuérdese: demonios masculinos y femeninos ), para participar en la adoración de su señor y en todos los actos subsiguientes. Todo lo diabólico tenía lugar en los aquelarres, desde la profanación a todo lo divino, hasta la realización de toda clase de excesos sexuales, que ya venimos viendo es la actividad que más place al rey de los infiernos y a sus seguidores. Frecuentemente, y sobre todo en las grandes concentraciones, el aquellare concluía con la celebración de una misa negra, que era - y es, porque se continúan celebrando - la exaltación máxima de los ritos satánicos, El primer documento, y en consecuencia, la primera referencia escrita, acerca de un sabbath, pertenece al siglo XII. Es una condenación eclesiástica a las prácticas satánicas que realizaban las sectas ya existentes
Se refiere a los «stedinger», en el norte de Europa, y relata los ritos de iniciación de un novicio. Dice así: «Cuando se recibe a un novicio, que entra por primera vez en la asamblea de los réprobos, se le aparece un animal muy parecido a la rana (un sapo, seguramente). Todos lo besan, unos en el trasero y otros en la boca, chupando con la suya la lengua y babas del bicho. Unas veces, el sapo aparece en su tamaño normal; otras es casi tan grande como un ganso. Generalmente tiene una boca enorme, del tamaño de un horno de pan». Avanzando hacia el novicio, aparece un hombre terriblemente pálido, tan delgado y extenuado que más parece sólo tuviera huesos sobre la piel. El novicio le besa y nota que está frío como el hielo. Nada más besarlo, siente cómo se ha borrado de su corazón todo recuerdo de la fe católica. A continuación se sientan todos y celebran un banquete. Cuando se levantan, tras haber concluid, sale de la estatua que suele presidir todas estas reuniones un gato negro del tamaño de un perro grande, que hace su entrada andando hacia atrás y con la cola en alto. El novicio le besa el trasero en primer lugar; luego, el director de la ceremonia, y por último, todos los presentes, en orden según su grado. El quedar excluido de este acto es pena que recae sólo sobre quienes hubieran cometido gravísima falta. Tanto, que sólo resulta superior a ella la de la muerte». Al volver a su sitio, quedan los presentes en silencio, la cabeza vuelta siempre hacia el gato. Luego, el director dice: "Perdónanos". El que está tras él repite lo mismo, pero el que está situado en tercer lugar ha de decir: "Lo sabemos, Señor". El cuarto finaliza con la frase: "Hemos de obedecer". Termi nada esta parte de la ceremonia se entregan a una desenfrenada orgía, sin tener en cuenta ni siquiera el parentesco. Si hubiera más hombres que mujeres, éstos satisfacen entre sí sus apetitos; y si fueran las mujeres mayoría, lo mismo. Terminados estos "horrores", agotados todos, se encienden las velas y cada cual se coloca de nuevo en su lugar. Después, de un rincón oscuro, sale un hombre con la parte superior de su cuerpo cubierta de algo brillante como el sol, y la inferior áspera y peluda. El director corta un trozo de las vestiduras del novicio y se acerca al resplandeciente personaje, diciéndole: " Amo, este se me ha dado, yo a mi vez te lo entrego", A lo que responde el otro: "Bien me ha servido, mejor me has de servir aún; lo que me diste, lo pongo bajo tu custodia". E inmediatamente desaparece. Los presentes, todos los años por Pascua, reciben la comunión de manos del sacerdote, y llevándola en sus bocas hasta los vertederos, la arrojan sobre las inmundicias, en ultraje al Salvador. Además, esos hombres blasfeman continuamente, gritando que el Señor de los cielos ha obrado como un malvado, al arrojar a Lucifer a los abismos. Y que para lograr que el Diablo triunfe, se ha de hacer no lo que Dios manda, sino tan sólo aquello que más le desagrada ». Culto a Satanás, sexo y desprecio de Dios: los ingredientes de cualquier sociedad satánica que se precie y el encuadre perfecto para los auténticos aquelarres. Solían tener lugar estas grandes concentraciones de brujas y adoradores de Satanás en lugares alejados de las zonas pobladas, en pleno campo y preferentemente en algún prado resguardado por bosques tupidos. La fría luz de la luna iluminando el claro del bosque era el marco ideal. Lejos de curiosos, lejos de sus perseguidores, las brujas y sus demonios se entregaban a sus ritos y desenfrenos. Precisamente, el vocablo aquelarre significa en euskera prado del macho cabrío», y hace referencia a un famoso proceso de brujería, que tuvo lugar en el país vasco y que se conoce con el nombre de «proceso municipal de las brujas de Fuenterrabía». Julio Caro Baroja, en su libro Las Brujas y su Mmundo, analiza detenidamente el proceso, considerándolo como una muestra extraordinaria de lo que era la brujería en aquella época.